viernes, 11 de enero de 2013

Milos

No era el punto al cual pensaba llegar, pero los agujeros en tus patas y los gusanos en el tiempo cambiaron todo. Eran las 6 y ya estabas condenado, estábamos condenados. A ser los verdugos de tu agonía, pero también de tu resistencia.
A partir de que empezamos a levantarnos para irnos, todo era un vivo, consciente, tosco y novato modo de ejercer la perversa disciplina de morir(te). Morir(nos).
Nunca habíamos tardado tanto para atravesar el pasillo que distancia al jardín del auto. Yo era el que te llevaba en brazos, pero todos, éramos los que pisábamos y pesábamos la soledad que venía a la vuelta. No existen las vueltas.
Hablamos en susurros, aunque más desde la intención. Te mandé esos saludos, te pedí perdón, y rogué por la salud de tu alma. Te dí las gracias y también te dije lo que ya sabés. Y te acaricié mucho. Todo. O quizás te seguía pidiendo perdón, y no quería darme cuenta.
Sabías lo que pasaba. Y usaste tu última lucidez para ser hermano. Para serme pleno. Me miraste. Saludaste. Me lamiste. Y ya no pensé en los minutos que habían a la camilla de aluminio, sino en la vida que atravesó uno del otro. Te curaste mi herida. Me tranquilizaste.
Y te fuiste de casa, para estar en todos lados. Y saliste del mundo, porque para crecer, hay que conocer un poco más donde no sabemos.